1-O: EL DÍA DE LA VERGÜENZA

Fue en junio cuando conocíamos a través del President de la Generalitat la fecha de convocatoria del “referéndum” para la independencia –o no- de Cataluña. Desde entonces la tempestad se avecinaba, y la estabilidad territorial y política de España comenzaba a tambalearse, el día 1 de octubre se postulaba como candidato a desbancar a su precursor 9-N, y poner realmente en jaque las relaciones entre Gobierno Central y Cataluña, hasta el punto que ayer vivimos.

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A partir de la convocatoria de este nuevo “referéndum”, el Gobierno fue con la mentalidad de no procesar la pasividad y la inacción que sí llevaron a cabo el 9 de noviembre de 2014. Acusaciones por delitos de malversación, desobediencia y prevaricación a participantes en los preparativos del “referéndum”, entre ellos altos cargos del Govern, multas a los alcaldes que cedan el censo, o multas a las mesas electorales, anticipaban que el Gobierno iba a pasar rápidamente a la acción con “mano dura”.

Muchos han hablado de democracia, desde Aristóteles hasta Ostrogorski, abundantes definiciones, y cuantiosos presupuestos esenciales. Ahora, tanto el bando independentista, como el bando antindependentista se unen también a ese colectivo de pensadores de la política y se aventuran a definir la democracia. Para unos, la democracia es votar, para los otros, respetar la Ley. Unos quieren votar saltándose la Ley, y otros creen que esa Ley es inamovible y perpetua. A mi juicio, la democracia es mucho más que esos dos requisitos.

Hasta el día 31 de septiembre, la independencia, o el intento de ella a través del “referéndum”, le venía como anillo al dedo al Partido Popular, puesto que esa dureza frente a la convocatoria gustaba a su electorado, ubicado claramente en el de la defensa de la unidad de España. El procés lleva ocupando portadas y programas televisivos desde hace semanas, lo que hace que la corrupción del PP y el juego parlamentario hayan pasado a un segundo plano, y eso beneficiaba al partido del Gobierno.

Igual de bien le ha venido la independencia al Govern de Cataluña. Un gobierno sin programa electoral ni de gobierno más allá de la consecución de la independencia. ¿Acaso esperábamos un gobierno coherente y con políticas concretas cuando está formado por algo tan heterogéneo como burgueses catalanes de centro derecha (PDeCAT), junto a republicanos de izquierda (ERC), y apoyados por antistemas asamblearios anticapitalistas (CUP)?. Yo, por lo menos, no.

Finalmente llegó el día señalado, y, como no, ese beneficio que ambos gobiernos –central y catalán- habían conseguido rentabilizar del procés, se disipó por completo. Ambos tuvieron que enfrentarse a la realidad: el “referéndum” se celebró. El Partido Popular había puesto todas sus armas en intentar evitar la convocatoria, pero finalmente no se pudo impedir. Los independentistas, también salían perjudicados con la consecución de la votación, puesto que se pusieron en evidencia las carentes garantías democráticas que poseía.

Sinceramente creo que el Gobierno ha errado en los acontecimientos que vivimos ayer. Si no se hubiera enviado a la policía a cargar, ni hubiéramos visto esa brutalidad acaecida, las imágenes que tendríamos en la mente serían totalmente distintas. Nuestra memoria estaría inundada por gente votando en repetidas ocasiones, niños votando, la famosa bolsa que se rompe con papeletas, etc. Por error, y desgraciadamente, las imágenes que nos abruman son muy distintas.

Es precisamente por estas imágenes de brutalidad policial por las que considero oportuna la dimisión de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno, y la convocatoria de elecciones anticipadas. No solo por la mala gestión del Gobierno de todo lo que ha sido el procés, ni solo por la aberrante “policialización” de la política que sucedió ayer, sino también por los más de 800 heridos. Heridos que, por cierto, Mariano Rajoy ni si quiera menciona en su comparecencia de anoche.

No solo Rajoy debería dimitir, ya que ha sido el Govern de la Generalitat quienes han puesto en peligro la unidad territorial y la armonía nacional por intereses totalmente partidistas y coyunturales, por el simple hecho de tapar sus vergüenzas y su desgobierno, para satisfacer a tan solo un 36% de catalanes favorables a la independencia. A parte de por haberse saltado la legalidad y la constitucionalidad, la dimisión es demandable porque hoy, a día 2 de octubre, Cataluña sigue siendo España, y lo seguirá siendo. Han intentado destruir la convivencia de los catalanes y de todos los españoles a sabiendas de que el objetivo que perseguían era inalcanzable. Por lo tanto, Puigdemont y su séquito también deberían presentar su dimisión y convocar elecciones.

El 1-O nos deja la peor y más vergonzosa imagen de nuestra joven democracia. Unos fanáticos que consideran de la Ley algo inamovible, y unos fanáticos que consideran de la Ley algo nimio, totalmente violable. La prensa internacional titulaba que eramos la vergüenza de Europa, o que el Estado español había perdido, y es que, realmente, fuimos la vergüenza de Europa. Nos enfrentamos a un problema catalán sin resolver, y que no se puede abordar simplemente con la Ley en la mano, ya que no se trata de un conflicto jurídico, sino político. Nos enfrentamos a un Gobierno que ha dado apariencia de represor, y cuyo legitimidad ha caído drásticamente. Esto solo se puede afrontar con una estrategia de Estado, no con la estrategia de un partido trasladada al Estado, y no parece que el Partido Popular esté muy por la labor de alcanzar el consenso necesario para ello.

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